Cada octubre se repite la misma conversación en mi despacho: «¿me interesa más seguir de autónomo o constituir una SL?». La respuesta seria nunca es un número mágico de facturación, sino una tabla de cuatro filas: impuestos, Seguridad Social, responsabilidad y costes de estructura.
El autónomo tributa por IRPF con tipos progresivos: con beneficios moderados paga poco; a partir de bases altas, el marginal muerde. La SL tributa al 23% si factura menos de un millón (tipo general del 25%, y las nuevas empresas al 15% los dos primeros ejercicios con base positiva). Pero el dinero de la SL no es suyo hasta que sale — vía nómina, que tributa en su IRPF, o vía dividendo, que tributa en el ahorro. La ventaja real de la SL aparece cuando no necesita retirar todo el beneficio y puede reinvertirlo con tributación del 23%.
El autónomo societario cotiza en RETA con las mismas reglas de rendimientos reales que cualquier autónomo, y la regularización anual de la TGSS ya está cruzando datos con Hacienda. No hay ahorro estructural aquí: es un empate técnico que conviene calcular caso a caso.
La SL protege el patrimonio personal frente a deudas comerciales ordinarias. Pero no protege frente a avales personales firmados con el banco, ni frente a las derivaciones de responsabilidad de Hacienda y la Seguridad Social cuando el administrador gestiona mal la crisis de la sociedad (cese de actividad sin disolución ordenada, deudas fiscales con vaciamiento patrimonial). Limitada sí; blindada, no.
Contabilidad mercantil completa, depósito de cuentas, actas, impuesto de sociedades, posible auditoría al crecer: una SL cuesta entre 1.500 y 3.000 euros anuales más de gestión que un autónomo bien llevado. Ese coste solo se justifica si los ahorros de la tabla anterior lo superan — o si hay motivos no fiscales: socios, imagen ante clientes corporativos, entrada de inversores.
Por debajo de 50.000–60.000 euros de beneficio recurrente, el autónomo suele ganar. Por encima, y sobre todo si puede dejar beneficio dentro de la empresa, la SL empieza a compensar. Y entre medias, decide la letra pequeña: su comunidad autónoma, su necesidad de retirar dinero, sus planes a tres años.
Si está en esa franja gris y quiere el cálculo hecho con sus números reales de 2026, escríbame — es exactamente el tipo de decisión que conviene tomar en octubre, no en enero.
© Susan Cabot. Página web por Hazhistoria
